Soy mamá, viajera y la persona detrás de En busca del gran viaje. Llevo años recorriendo el mundo con mi hija y he visto cómo los viajes pueden transformar a una familia: cómo un niño se abre al probar algo nuevo, cómo una madre se relaja por fin, cómo un grupo de desconocidos acaba volviendo a casa como si se conociera de toda la vida.
Aquí quiero contarte cómo entiendo yo los viajes y desde qué valores diseño cada ruta: por qué apuesto por el turismo responsable, cómo elijo los destinos, qué tipo de experiencias busco y qué pongo siempre en el centro: las familias, los niños y los momentos que de verdad se quedan para siempre.
Viajar en familia es una forma de parar el tiempo.
Cuando salimos de casa todo cambia: las prisas desaparecen, las rutinas se difuminan y aparece algo que a veces olvidamos… el tiempo de verdad.
He aprendido, viajando con mi hija desde que era muy pequeña, que los viajes nos conectan de una forma diferente. Nos reímos más, nos miramos más, hablamos más. Compartimos momentos que en el día a día pasan demasiado rápido.
Por eso, en todos mis viajes pongo la conexión familiar en el centro. Mis rutas no están pensadas solo para “ver cosas”, sino para vivirlas juntos: desde un amanecer en un volcán hasta una clase de cocina local, un paseo por un mercado o un rato de piscina después de un día intenso.
Creo que los recuerdos que construimos viajando con nuestros hijos son un legado. No importa la edad que tengan, lo que importa es lo que sienten mientras exploran el mundo contigo.
Viajar con niños no significa renunciar a la aventura, sino encontrar el ritmo adecuado para que todos disfruten.
Cuando diseño un viaje pienso siempre en dos cosas: lo que el destino ofrece y lo que una familia necesita para vivirlo sin agotarse. Cada itinerario es una combinación de experiencias emocionantes y momentos de calma, porque los niños —y los adultos— necesitan espacio para procesar, descansar y disfrutar sin prisa.
Por eso, en mis rutas siempre hay lugar para piscinas, paseos tranquilos, playas suaves, siestas improvisadas y tardes libres. No todo tiene que estar programado; a veces los mejores recuerdos nacen precisamente en esos huecos.
Mi objetivo es que las familias viajen sin estrés, que los peques se sientan parte del viaje y que cada día tenga un equilibrio real entre lo que vivimos y cómo lo vivimos.
Viajar en familia es mucho más fácil cuando el ritmo acompaña.
Creo que la mejor manera de conocer un país es hacerlo de la mano de quienes viven allí.
Por eso, todos mis viajes los diseño junto a agencias locales, guías locales y familias que forman parte del corazón del destino. Ellos conocen sus tierras, sus ritmos, sus historias y sus tradiciones mejor que nadie, y gracias a su mirada cada experiencia se vuelve auténtica, respetuosa y humana.
Trabajar con locales no es solo una decisión logística: es una elección ética y emocional. Significa apoyar directamente a las comunidades, impulsar la economía del destino y garantizar que cada viaje tenga un impacto positivo.
Además, permite que las familias viajeras vivan experiencias que no aparecen en los folletos: conversaciones, rituales, gestos cotidianos, comidas caseras, historias que solo cuentan quienes pertenecen al lugar.
Un viaje cambia cuando dejas de ser espectador y empiezas a formar parte del destino.
Una de las cosas más especiales de mis viajes es lo que ocurre entre las personas que los viven.
Cuando varias familias viajan juntas, especialmente con niños, se crea una energía única: apoyo, complicidad, risas compartidas, juego libre, conversaciones que nacen sin esfuerzo.
Muchas familias llegan con dudas, sin conocerse, con sus propios ritmos y personalidades. Pero, poco a poco, el viaje hace su magia: los niños se encuentran, los padres se acompañan, y lo que empieza como un grupo termina convirtiéndose en una pequeña comunidad.
Viajar rodeados de personas que están viviendo lo mismo —el cansancio, la emoción, el descubrimiento, la ilusión— crea un vínculo profundo.
Para mí, la comunidad no es un extra: es parte de la experiencia. Porque cuando compartimos un viaje, también compartimos una forma de mirar el mundo.
Mi forma de viajar y de crear viajes está profundamente ligada al respeto: respeto por las personas, por los animales y por los lugares que visitamos.
Para mí, el turismo responsable no es un concepto bonito: es una decisión consciente que guía cada paso del viaje.
En mis rutas no encontrarás actividades que exploten animales: no hay paseos en dromedarios, ni elefantes para montar, ni espectáculos.
Creo en observar la vida salvaje en libertad, en espacios naturales, sin alterar su comportamiento. Y cuando visitamos santuarios, lo hacemos solo en aquellos que realmente protegen y rehabilitan.
También creo en el impacto positivo que puede tener un viaje cuando se hace desde el respeto. Por eso trabajo exclusivamente con agencias, guías y familias del lugar. Apostar por ellos no solo enriquece la experiencia, sino que impulsa directamente la economía local.
Viajar de manera responsable significa dejar un lugar igual o mejor de como lo encontramos. Significa mirar el destino con cariño y volver a casa sabiendo que hemos viajado con coherencia.
Cada destino tiene un alma, y para mí la única forma de conocerla es viviéndola desde dentro.
No me interesan las experiencias montadas para turistas; me interesa lo cotidiano, lo auténtico, lo que nace de la gente y de sus historias.
Por eso en mis viajes siempre integramos actividades que nos acercan a la vida real de cada lugar: talleres con artesanos, clases de cocina con familias locales, rituales tradicionales, visitas a mercados, conversaciones que se dan sin planear.
La inmersión cultural es una de las partes más bonitas de viajar en familia. Los niños observan, preguntan, prueban cosas nuevas, abren la mente y descubren que el mundo es diverso y fascinante. Y los adultos aprendemos tanto como ellos.
Cuando viajamos así —con respeto, curiosidad y presencia— volvemos a casa diferentes. Con nuevos aprendizajes, nuevas miradas y nuevas historias que nos acompañan para siempre.
Si me conoces un poco, ya sabes que adoro comer. Para mí, la gastronomía es casi un motivo de viaje: mercados, puestos callejeros, platos que no sé pronunciar… ¡todo me llama! (Si, los bichos también)
Y sí, viajar con niños también es una aventura gastronómica. A veces prueban cosas nuevas con entusiasmo… y otras veces prefieren mirar el plato como si fuera un extraterrestre.
Pero te cuento un secreto que he aprendido después de tantos viajes:
siempre hay un arroz salvavidas en algún lugar del mundo.
Por eso, en mis viajes, la comida local es parte del plan, pero sin presión. Visitamos mercados, hacemos clases de cocina con familias locales, probamos frutas raras, disfrutamos de sopas, currys, noodles… y si no funciona, ya sabemos que un plato de arroz o unos noodles sencillos rescatan cualquier día.
La gastronomía conecta, divierte, sorprende… y también nos da anécdotas que recordaremos toda la vida (“¿te acuerdas cuando probaste…?”).
Viajar también es comer. Y en familia… es aún más divertido.
La naturaleza tiene una forma maravillosa de recordarnos lo esencial. En ella los niños se sienten más libres, más curiosos y más presentes. Y nosotros también.
Por eso mis viajes siempre incluyen espacios abiertos: selvas, volcanes, montañas, playas, arrozales… lugares donde el mundo se siente más grande y los días más lentos.
A los niños les encanta explorar, observar animales en libertad, mojarse los pies, subirse a una piedra o simplemente seguir un sendero sin prisa. Y los adultos disfrutamos viendo cómo se transforman en pequeños exploradores.
La naturaleza es una maestra silenciosa: enseña respeto, paciencia, sorpresa, calma… y también nos regala momentos que difícilmente se viven entre pantallas y horarios.
Viajar en familia también es esto: respirar más hondo, mirar más lejos y sentirnos parte del lugar que estamos conociendo.
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